
Bioy Casares, ¿influido o influencia? Ni con treinta grabadoras se hubieran podido registrar todas las referencias que recorrieron esta reunión de Novelantes, ¡menudo repaso a la ciencia ficción! Novela influyente, La invención de Morel es “cita constante cuando se habla de realidad virtual” (y no podemos dejar de anotar una curiosidad: un personaje de Perdidos, Sawyer, la lee en un capítulo de la serie). Aquí insistiremos en la referencia más repetida durante la reunión; influencia, en este caso, pues fue para Bioy Casares un maestro: Jorge Luis Borges.
Anda que para no ir a discutirle a Borges —como decíamos en la anterior entrada— ese prólogo en el que califica de perfecta la trama de La invención de Morel… Incluso a un novelante a quien le gustó la novela (bienvenido, por cierto) le chirrió: “La trama tiene un defecto, pasa demasiado tiempo desde que el protagonista descubre la invención hasta el final”. Si ya lo decía el propio Borges, “perfección es ausencia de defectos, no presencia de virtudes”. Acabáramos, qué fácil es burlarse de las palabras, ¿no?
Quien propuso esta lectura comenzó indicando que La invención de Morel “podría considerarse la novela que nunca escribió Borges”. Sí, sí, le contestaron, pero “un Borges borracho”. A semejante correctivo replicó que él mismo se había sentido decepcionado en la segunda lectura: “No comulgo con la forma, parece que todo se tenga que cerrar en cada punto, las frases son muy cortas, intentado aportar el máximo.” Hubo acuerdo al respecto y una nueva comparación con Borges, que “sin perder densidad, es más claro”.
El abogado de Bioy Casares se atrevió a apuntar que para el año en que se escribió, 1940, resultaba original (también lo decía Borges, pero, vigilemos las palabras, él hablaba de imaginación razonada en lengua castellana) y esa nueva defensa fue respondida aún más rápidamente: La isla del doctor Moreau, de H.G. Wells, es anterior. “De acuerdo, la idea es la misma pero La invención de Morel es una vuelta de tuerca y es más metafísica”, contestó. Esta vez la réplica fue terminante: “¿Has leído a Borges? Eso sí que es metafísica”.
Metafísica o no, ésta es una novela dedicada a “dar vueltas sobre la memoria y los recuerdos” y eso suena bastante metafísico: “¿Somos lo que recordamos o aquello por lo que esperamos ser recordados alguna vez?” Lo que se plantea en su argumento resulta cruel: “El protagonista nunca puede relacionarse con los demás habitantes de la isla, todo lo vive en su imaginación. Nunca sabe dónde está, rodeado de fantasmas, ¿lo es él mismo?”
La invención de Morel puede verse como “una obra formal, correctita, con muchísimas influencias y muy minuciosa en las descripciones, una novela que demuestra oficio, pero no tiene alma”. La máquina de Morel puede verse como un intento fallido de otorgar verosimilitud a lo narrado, que así les pareció a algunos, pero también, alegó la defensa, como la “hilazón de la novela, mientras su protagonista observa que su propio cuerpo se descompone”. Y le da igual. “Éstá condenado al olvido en una isla y busca remedio. En la última página condensa toda su vida y deja un ruego”, una plegaria conmovedora para quien ha asistido a su drama.
“Quédate con eso, quédate con lo que te dejó esa novela la primera vez que la leíste, entiendo que te marcara, intenta no perderlo”, le aconsejaron. ¿Vale la pena luchar por conservar la emoción sentida en una primera lectura en vez de quedarse con la decepción vivida en la segunda?