
Hay escritores "prescindibles pero no malos" y hay escritores malos sin remedio. En este blog nos conformamos con ser imprescindibles (para informarte sobre lo que fue y lo que será en las reuniones de Novelantes) y no como el pobrecito Fante, considerado de la primera categoría por quien lo propuso. En vez de defenderlo…
Pobrecito Fante, un mediocre que alcanzó la gloria de la literatura nortemaricana ("El Asunto Fante", en Babab.com). Su Pregúntale al polvo, la "mejor novela del Cuarteto Bandini", es "una narración plana al servicio de una escritura visceral, sentimiento antes que razón". Quizá por eso conquistara tanto a Bukowski como a alguno de nosotros, fascinados por un editor ¡que publica y paga al autor!, venerable Hackmuth, por un vecino vicioso de la carne y del alcohol y por una mujer fantasma, Camilla, “que aparece y desaparece, porque no sabemos ni de dónde viene ni adónde va”, en la espectral Los Ángeles de los años 30:
Ya estaba: definitiva y demoledora. Doblé los manuscritos, los metí en un sobre grande junto con la nota, cerré el sobre, lo dirigí a Samuel Wiggins, Lista de Correos, San Juan, California, pegué los sellos y me lo guardé en el bolsillo de atrás. Subí al vestíbulo, salí a la calle y fui al buzón de la esquina. Eran las tres y pico de una madrugada incomparable. El blanco y azul de las estrellas y el cielo eran como los colores del desierto, de una dulzura tan conmovedora que tuve que detenerme asombrado de que pudieran ser tan fascinantes. En las palmeras llenas de polvo no se movía ni una hoja. No se oía el menor ruido. Todo lo bueno que había en mí se me estremeció en el corazón en aquel instante, y con ello todo cuanto esperaba del sentido profundo y misterioso de mi existencia. Me envolvía la complacencia infinita y muda de la naturaleza, indiferente a la gran ciudad; el desierto latía bajo aquellas calles, alrededor de aquellas calles, en espera de que la ciudad feneciese, para cubrirla una vez más con sus arenas sin tiempo. De repente me sentí invadido por una intuición aterradora, relativa al significado y patético destino de los hombres. El desierto estaría siempre allí, animal blanco y paciente que aguardaba a que los hombres desaparecieran, a que las civilizaciones se tambaleasen y se sumergiesen en las tinieblas. En aquel punto, la raza humana se me antojó una raza valiente y me sentí orgulloso de pertenecer a ella. La maldad del mundo no era maldad, sino un elemento inevitable y benéfico y que formaba parte de la lucha interminable por contener y domeñar el desierto.
Miré hacia el sur, hacia donde titilaban las estrellas mayores, hacia donde se extendía el desierto de Santa Ana; bajo aquellas estrellas mayores, en el interior de una cabaña, vivía un hombre semejante a mí y a quien sin duda engulliría el desierto antes que a mí; en la mano tenía una manifestación de sus afanes, una expresión de su lucha contra el silencio implacable hacia el que se le arrojaba. Asesino, camarero o escritor, importaba poco: su destino era el destino común a todos, su final mi final; y a mi alrededor, aquella noche, en aquella ciudad de ventanas apagadas, alentaban millones como él y como yo: tan indiferenciables como las hojas moribundas de los arbustos. Vivir era ya una empresa hercúlea. Morir era la misión suprema. Y Sammy no tardaría en morir.
John Fante,
Más sobre Fante en:
- "El asunto Fante", por Alberto Vázquez. "La crítica en la que lo clava"
- Pregúntale al polvo Descarga de la novela.
- "El infierno de Fante", por Víctor M. Carrillo. Biografía de Fante
- "Leer a oscuras", por Borja de Miguel. Otra crítica con datos biográficos